dijous, 5 de juny del 2014

Republicano por reducción al absurdo


No soy especialmente republicano, pero lo que no soy, definitivamente, es monárquico.

Me hastía el hecho de pensar que me va a representar oficialmente el resultado de una cópula más o menos afortunada.

En el caso actual que un Rey nombrado sucesor a título de Rey por un dictador por la gracia de Dios y de una ley de sucesión de 1969 que se sometió a referéndum a la voz de firmes, lo sé, estuve ahí acompañando a mi padre que estuvo presidiendo una mesa.

Un dictador que no tan sólo se tomó la libertad de nombrar al Rey, sino que también la de denominar a su hijo:
Franco se permitió aconsejar sobre el nombre: «Fernando VII queda todavía demasiado cerca… Me gusta más Felipe.» (Pilar Urbano: El precio del trono 2011)
Pues no, estimados lectores, por ahí no paso, no lo hice con la genuflexión constitucional del 6 de diciembre de 1978, un infumable all-in-one con la que o estabas con ella o eras un demonio antidemocrático fascistoide de cuidado, cosa que trataré otro día, no lo voy a hacer ahora.

No deseo especialmente la República para España, para mí el origen de la segunda es tan obscuro, e indeseable, como el del régimen alzado pocos años después, y la anterior demasiado lejana… demasiado diferente…

Pero, es que la alternativa es procaz.

Voy a dirigir a partir de ahora mis anhelos hacia otros gentilicios más deseados… menos impuestos.