dissabte, 4 de desembre de 2021

Bartimeo el aguador

Cuento de Navidad

 

Estaba claro, que el negocio no iba bien aquel día, siempre pasaba igual cuando el tiempo era frío y húmedo, la gente entonces no parecía necesitar agua, se arreglaban con la mínima cubriendo sólo las necesidades más elementales. Tampoco era tan frío el día, como para impedir a los más hacendosos o necesitados el ir a buscársela a la fuente. Cuando el frío apretaba de veras, hasta estos se la compraban a él...

- ¡Agua, agua fresca...!, voceaba Nathael Bartimeo tirando del ronzal de su asnillo mientras se hacía estas reflexiones.

- ¡Agua de la fuente de los Olivos!, seguía pregonando.

Cuando el tiempo era seco y caluroso, entonces sí, tenía que hacer catorce o quince viajes a llenar los odres a la fuente; la gente entonces necesitaba más y tenía pereza para ir a buscarla bajo el sol ardiente. Entonces sí que era negocio lo del agua, pasaba calor, pero a él no le importaba, estaba ya acostumbrado, era su oficio.

Pero ocurría, que hoy tenía prisa y necesitaba también ganarse algún óbolo con el agua, no era un día cualquiera, todos los vecinos y las aldeas del contorno estaban en revuelo por las noticias que contaban los pastores. ¡Se les había aparecido un ángel por la madrugada anunciándoles el nacimiento del Mesías! ¡El Mesías prometido! 

Todos habían acordado reunirse al atardecer en el huerto de Nathán para ir a adorarle, y él también quería ir, tendría pues que terminar pronto si quería estar a la hora convenida; también necesitaba ganar algo para comprar algún obsequio, sabía que todos preparaban algo, Jonás arreglaba su mejor cordera y también se había enterado que Ibrahim estaba tallando una estatuilla... otros llevarían miel y pieles... el pensaba llevarle unas tortas de manteca que compraría a la madre Raquel con lo que sacara del agua aquel día...

- ¡Agua, traigo aguaaa! De seguir así, tendría que pensar en otra cosa, no podría comprar las tortas a la madre Raquel, apenas había vendido un par de odres; si al menos supiera él hacer una cosa bonita como Hibrahim o provechosa como los riquísimos quesos que hacía Norec... Pero él, sólo sabía manejar odres y trasvasar el agua, era lo que siempre había hecho: eso sí, tenía unos odres relucientes y limpios como nadie y su habilidad para trasegarla era grande, pero eso, a la hora de ofrecer no valía nada... ¿o sí...? en la sinagoga había oído explicar que Jehová aprecia las cualidades y virtudes que no se ven, los sacrificios y mortificaciones... Él lo ve todo...

Estas reflexiones dejaron agorado al bueno de Bartimeo que se encontró de pronto cansado y con un gran desánimo por la poca venta, hasta que sintió sed ¡él sólo tenía agua...!

De pronto su mirada refulgió, todo su ser pareció reanimarse, había tenido una idea; si todo el mundo le llevaba lo que tenía, él le llevaría agua, sí, el agua que no vendía, el agua que había recogido al amanecer en la fuente de los olivos, el agua que había paseado por todo el pueblo, pregonando a voces, el agua que no bebía... sí esa agua sería su ofrenda; si realmente era el Mesías, lo comprendería...

Con una extraña alegría en el corazón terminó Nathael aquella jornada tan poco productiva; es decir, se retiró una hora antes de la convenida para reunirse, empleó ese tiempo para adornar su mejor vasija y hacer un último viaje a la fuente, tenía que ser el agua más fresca...

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Los fulgurantes y celestiales resplandores y las angelicales melodías que salían de aquella humilde cueva, deslumbraron a Nathael Bartimeo; quedó embelesado de la dulzura que emanaba aquel Niño recién nacido ¡qué santidad se respiraba allí!, no cabía duda ¡era el Mesías prometido! ¡la promesa a Israel! La figura de un hombre detrás del pesebre parecía la de un Justo, y su Madre, una Santa.

La gran animación que había reinado entre los grupos de pastores y vecinos durante todo el camino, quedó convertida de pronto, en un silencio lleno de unción y expectación a la entrada del portal. 

Poco a poco, los primeros se fueron atreviendo a entrar, saludaban a los Padres, adoraban al Niño y dejaban sus presentes. 

La fila de Nathael se iba acercando, como en sueños, traspuso la entrada y quedó extasiado mirando al Mesías... 

Tímidamente, después, como consciente de lo pobre de su ofrenda, pero poniendo todo su corazón, entregó el odre a José. 

La singular expresión de dulzura de aquel rostro y su mirada de comprensión, quedó grabada en el alma de Nathael; le había recogido el agua como el que recibía el más precioso de los dones… esta impresión trajo un indescriptible consuelo al corazón de Nathael.

Y no iba muy desacertado, ¡aquel agua, fué la primera que bebió la Madre de Dios después de nacer su Hijo...!



Mª Concepción Manzano Álvaro

23/11/1969, Barcelona, España.


Trobat avui entre els papers que remeno del despatx, publicat en el diari LUCERIA i en la Revista CERES a finals de 1969: