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diumenge, 4 de gener del 2015

La momia analfabeta


Foto del autor teatral Enrique Jardiel Poncela


La momia analfabeta

Enrique Jardiel Poncela


PROEMIO


Voy a contar una de las famosas historias en las que el genio de Sherlock Holmes se mostró más esplendoroso.

Tan esplendoroso, que en esta ocasión Holmes no tuvo necesidad de moverse de su pisito de Baker Street para dar con la solución del enigma que le presentó míster Horacio Craig, de Ceilán.

Verán ustedes canela.


HOLMES AVERIGUA QUIEN ES CRAIG


A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del Worker se refugiaban en los bares de Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Holmes me llamó a su habitación.

Comparecí rápidamente, suponiendo que sucedía algo grave; y, en efecto, el problema era de alivio: Sherlock se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.

Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio, brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo de la H de la Enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.

Se retiraba la señora Padmore hacia el pasillo, cuando se abrió de súbito una de las ventanas y un personaje ignoto irrumpió en la estancia, como irrumpen los clavos en la tela de los pantalones el día que estrenamos traje. Era un caballero de unos cincuenta años bisiestos, con aire de perro de trineo.

Nada más entrar, gritó con voz fuerte y derrumbándose en un sillón:

— ¡Soy Craig!

Y agregó, ya más débilmente:

— ¡Soy Craig!

Y dijo, por fin, con acento desfallecido:

— Soy Craig, señor Holmes... Soy Craig. Craig. ¿Sabe usted? Craig...

A continuación se puso amarillo, luego verde, luego morado, y, desplomándose del todo, se desmayó lo mejor que pudo.

Holmes me cogió por un brazo, señaló al visitante, y me dijo gravemente:

— Harry... Este señor es Craig.

Pero la cosa no me extrañó en modo alguno; estaba yo muy habituado a la continua perspicacia de Sherlock.


TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS


El maestro añadió después:

— Acércame el tablero del ajedrez, Harry. Vamos a echar una partidita para esperar sin aburrirnos a que vuelva en sí míster Craig.

Obedecí con cierto temblor nervioso, ya que la sangre fría de Sherlock siempre me producía una emoción indescriptible. Jugamos tres partidas, las cuales ganó Holmes, como siempre, pues su extraordinaria habilidad manual le permitía cambiar las fichas de casilla cuando le daba la gana sin que nadie lo advirtiese, y yo me armaba unos líos como para nombrar abogado y pegarme después un tiro, que es lo que hace la gente en esos casos.

Al final de la partida número tres, Craig se decidió, por fin, a volver del desvanecimiento, y fue entonces cuando Holmes se sepultó en su diván favorito, cerró los ojos y exclamó:

— Hable usted, míster Craig. Espero el relato de los tremendos acontecimientos que le hacen acudir a mi auxilio.

Y Horacio Craig, con voz de barítono rumano, contó lo siguiente:

— Como usted sabe, señor Holmes, desde los primeros balbuceos infantiles he dedicado mi vida al estudio del arte y de la civilización egipcios. Conozco aquel país mejor que los cocodrilos, y mi entusiasmo de egiptólogo es tan intenso, que me hablan de un faraón nuevo y engordo once kilos. Toda Inglaterra, y casi todo el mundo, conoce al dedillo los viajes que he llevado a cabo por el Bajo Egipto, el Alto Egipto y la provincia de Gerona. He ido desde...

— Suprima los detalles kilométricos y cíñase al asunto —le interrumpió Holmes.

— Dice usted bien; me ceñiré como un "kalasiri" —replicó Craig. Pues es el caso que en uno de estos viajes, el año de gracia de mil novecientos trece, descubrí al pie de la Esfinge, y según se va a mano derecha, una antiquísima "mastaba", y de ella, cual muela putrefacta, extraje una momia magnífica, aunque indudablemente polvorienta. Era, según mis cálculos, la momia de Ramsés Trece, de la veintiuna dinastía, piso segundo. Con la natural alegría y unas parihuelas, transporté aquí, a Londres, la momia, y desde entonces se halla en la sala sexta del Museo egiptológico que lleva mi nombre.

— El Craig Museum, situado en el treinta y nueve de Wellington Street —dije yo, para que se viera que poseía cierta cultura.

— Eso es —aprobó Craig con un golpe de tos que le obligó a comerse el puro que estaba fumando.

Y así que hubo digerido el puro, continuó:



LOS CRÍMENES VESPERTINOS


— Nada anormal ha ocurrido en todos esos años, hasta hace dos meses. Pero desde dos meses a esta parte, señor Holmes, están sucediendo tales cosas, relacionadas con la momia, que no he perdido la razón porque la llevo atada con un bramante.

— ¿Qué cosas son ésas? —inquirió Sherlock lanzando una bocanada de humo a veintitrés yardas de distancia.

— Sencillamente: que el espíritu de la momia ronda mi casa; se me aparece por las noches, toca la "Danza macabra" en mi piano y hasta se fríe huevos en mi propia cocina. Aun cuando esto es terrible y me obliga a pagar cuentas de gas crecidísimas, no osaría molestar a usted si no fuera porque la momia ha ido más allá.

— ¿Y eso? ¿Es que ha empezado a freírse patatas?

— No, señor Holmes, sino que asesina por las tardes a los conserjes del Museo que se hallan de servicio en la sala sexta.

— ¿Que los asesina? ¿La momia?

— Sí, señor. Tiene que ser la momia, porque los conserjes fallecen envenenados con el jugo de una planta: la conocida con el nombre de "pastichuela romagueris egipciae", y esta planta sólo crece en Egipto, pues en cualquier otro lugar se lo prohibirían las autoridades. Es necesario que tan terrible situación concluya. Es preciso que usted me ayude a resolver el misterio que...

Holmes hizo un gesto tajante, y exclamó:

— Váyase a hacer gimnasia al pasillo con Harry. Necesito meditar. Ya les llamaré cuando haya acabado.

Y sin más explicaciones, Sherlock nos dio dos puntapiés, nos echó al pasillo y se sentó a meditar envuelto en humo. Nosotros le observamos por el ojo de la cerradura, que, por feliz casualidad, atravesaba la puerta de parte a parte.



SHERLOCK LO DESCUBRE TODO


Pasaron seis horas largas como túneles suizos, hasta que oímos una especie de gruñido de foca; era que Sherlock nos llamaba. Entramos, y el maestro exclamó:

— Todo está ya resuelto. Hoy no necesito moverme de casa para explicar el fenómeno planteado. Vengan ustedes...

Y echó a andar pasillo adelante, seguido por Craig y por mí. Holmes se detuvo de pronto delante de una puerta cerrada, que yo mismo ignoraba a dónde conducía, abrió la puerta con un abrelatas, según la vieja costumbre de los ladrones de hoteles, y, encendiendo una lámpara eléctrica, entró y nos hizo entrar.

Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era, ni más ni menos, un museo arqueológico. Grandes esqueletos, multitud de cacharros y utensilios históricos e infinidad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incalculable.

Holmes se detuvo ante una momia egipcia, y habló así:

— Este problema era, al parecer, tan absurdo como la persecución a tiros de un "jockey" por los muelles del Támesis. Sin embargo, como yo tengo un cerebro maravilloso, unas horas de meditación me han bastado para resolverlo. El misterio está, señor Craig, en que todas las momias, y, por tanto, también la de Ramsés Trece, son analfabetas.

—¿Analfabetas? —dijo Craig.

— Completamente analfabetas. Verán ustedes...

Y diciendo y haciendo, puso ante el rostro de la momia que teníamos delante un ejemplar abierto del Red Magazine. Efectivamente, la momia no leyó ni una línea.

— ¿Se convencen ustedes? —exclamó Holmes triunfalmente—. Las momias son analfabetas. Ahora bien, señor Craig, ¿de qué color son los uniformes que llevan los conserjes del Museo? 

— Negros —repuso Craig.

— ¿Y todavía no adivina? ¿No cae usted en que a todo analfabeto "le estorba lo negro"? Por eso la momia de usted, analfabeta perdida, mata a los conserjes y seguirá matándolos inexorablemente si todo continuara allí igual. Pero vista usted a los conserjes del Museo de blanco o de color barquillo, y verá cómo nada volverá a suceder. Ni siquiera se le aparecerá a usted el espíritu de la momia, porque no tendrá necesidad de demostrarle a usted su enojo. Y ahora, permítame que me retire a mi despacho, puesto que mis servicios ya no le son necesarios. Tengo que llenar mi estilográfica y el tiempo apremia.

Y Sherlock Holmes se alejó por el pasillo, dejándonos a Craig y a mí conmocionados por la sorpresa y por la admiración.

diumenge, 28 de desembre del 2014

El amor que no podía ocultarse



El amor que no podía ocultarse

Enrique Jardiel Poncela


Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.

Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.

Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba...

-También yo te quiero con toda mi alma.

-¿Qué dices? -me preguntó.

-Que yo te quiero también con toda mi alma.

-¿Qué?

Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.

-¿Qué? -me apremiaba.

-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.

-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!

-¡Lo juro!

-¿Qué?

-¡¡Lo juro!!

-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.

-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.

Veinte parroquianos me miraron con odio.

-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.

-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

-¿Y... te gusto?

-¡¡Mucho!!

-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

-¿Y mis pestañas?

-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

-¿Mi amor te hace dichoso?

-¡¡Dichosísimo!!

-Y cuando puedas abrazarme...

-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.

-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.

-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.

-¡¡Nos echan por escándalo!!

-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos...

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.

Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

FIN



diumenge, 21 de desembre del 2014

Los vecinos del principal derecha


Los vecinos del principal derecha

Enrique Jardiel Poncela


Al llegar a mi patria, de regreso de la Argentina, hice lo que suele hacer todo el que se encuentra en mi caso: me instalé en un hotel y me dediqué a buscar un piso desalquilado.

Para un hombre con dinero, encontrar un piso desalquilado es cosa fácil. Yo traía mucho dinero de América y encontré rápidamente lo que necesitaba.

América había sido pródiga para mí. Es cierto que durante doce años trabajé furiosamente. Pero también es cierto que al cabo de los doce años de trabajo incesante, me hallé sin colocación y sin dinero ¿Cómo volver a mi patria fracasado? Una tarde paseaba por Palermo pensando esta triste cosa cuando tropecé con una gruesa cartera de cuero negro. La abrí; la cartera contenía una bolsita con diamantes y $150.000 en billetes. También contenía unas tarjetas y una cédula de identidad con el nombre y las señas de su dueño, pero como desde el primer momento había decidido quedarme la cartera, rompí las tarjetas y la cédula y procuré olvidar el nombre de aquel caballero, lo que logré enseguida, porque tengo una memoria fatal.

De este modo me hice rico en América. Y es que en América todo el que trabaja mucho acaba por hacer fortuna.

El cuarto que alquilé al llegar a mi patria era precioso. Lo decoré todo a mi gusto y comencé a vivir una vida sin preocupaciones, llena de molicie y de refinamiento. De vez en cuando invitaba a cualquier muchacha sin compromiso a pasar unos días en mi compañía, y cuando me sentía harto de su modo de reír o de su gesto al ponerse el pyjama la sustituía por otra. Este procedimiento de gustar el amor, como si fuese un piano de manubrio, es una de las bases en que durante años se ha sustentado la tranquilidad de los hombres solteros.

Pero una tarde, en esa hora romántica y húmeda del crepúsculo, estaba solo en casa, porque me hallaba en un momento de transición entre el piano pasado y el piano futuro.

Alguien hizo sonar el timbre y, como una tromba, se me metió en casa una dama estrepitosamente perfumada con “gardenias pútridas”, de Lelong.

La dama atravesó el living-room, irrumpió en mi despacho y se dejó caer en uno de los sillones con la vista fija en el suelo, las cejas fruncidas y mordiéndose ligeramente el labio inferior.

La contemplé. Traía la cabeza destocada y se envolvía en un deshabillé de charmeuse y terciopelo. Llevaba unos pendientes de ópalo y unas chinelas amaranto con los tacones rojos, iguales a los de los cortesanos de Luis XV. Era rubia; de un rubio frenético.

No quise romper el silencio porque, precisamente, al sentarse en el sillón, el deshabillé se había arrugado y dejaba al descubierto las dos piernas de la dama en una extensión suficiente para privar del habla a un orador famoso; cuanto más a mí, que hablo poquísimo. Detalle interesante: las medias que envolvían aquellas piernas prodigiosas eran de gasa, color “risa de sordo”.

Pero semejante situación no podía prolongarse. La dama alzó de pronto la cabeza y me dijo:

-Caballero: perdone usted esta intromisión. Soy la vecina del principal derecha. He tenido un feroz disgusto con mi marido y, llevada de la ira, me he ido de casa. Cuando he querido reaccionar estaba en la escalera. ¿Adónde ir así? Y se me ocurrió llamar en su piso. Si a usted le parece, charlaremos un rato, hasta que yo me tranquilice.

-Y es posible que usted consiga tranquilizarse, señora. Quien no podrá tranquilizarse seré yo mientras usted se obstine en mostrar enteramente la región de sus ligas.

La dama rectificó los pliegues de su deshabillé y me hizo de pronto esta pregunta insólita:

-¿Qué opina usted del amor?

-Creo -repuse para ayudarla en su propósito de quitarle tirantez a nuestra entrevista- que el amor es una especie de ascensor hidráulico; se le puede exigir que funcione bien durante cinco años; durante diez; durante quince; pero llega un momento en que se estropea y se niega a funcionar.

-¿Y entonces?

-Entonces, señora, hay que cambiar de ascensor o subir a pie; es inevitable.

La dama sonrió con esa sonrisa luminosa exclusiva de las personas inteligentes.

Luego se inclinó hacia mí, rodeó mi cuello con sus brazos y murmuró esta sola palabra:

-¡Ay!

Cuando una mujer suspira mientras rodea con sus brazos el cuello de un hombre, debe uno darse por enterado de que la dama tiene ganas de suspirar.

-Es usted capaz de enloquecer a cualquier mujer, amigo mío; sin embargo, nuestro amor es imposible. Yo lo sospecho: ¡imposible, sí!

Y se retorció un dedo, luego, dos; después, tres; y, al final, todos los dedos de la mano.

Entonces llamaron a la puerta.

-¡Mi marido!

-¿Usted cree?

Fui a abrir y, en efecto, entró el marido. Tenía un aire triste.

-Caballero -me dijo-. No me explique usted nada. Usted no tiene la culpa. ¡Ella ha sido la que ha venido aquí!… ¡Dios mío, qué vergüenza!

Rompió a llorar, me rogó un vaso de agua, y por tres veces le llevé coñac, tila y azahar.

Al volver yo al despacho me encontraba siempre al marido paseándose excitado, increpando a su mujer, y ésta tumbada en su silla, mirando la calle con gesto displicente.

Por fin, a las ocho de la noche, después de que efectué, trayendo agua, una agotadora labor de camello del desierto, decidieron volverse a su casa.

Ya en la puerta, el marido me estrechó enérgicamente las manos mientras me decía:

-Gracias, gracias…  Nunca olvidaré esto; nunca lo olvidaré.

Y se fueron.

Media hora después yo subía rápidamente la escalera y llamaba en el principal derecha. Nadie contestó a mis timbrazos. Entonces el portero, asomándose al hueco del ascensor, me advirtió que en el principal derecha no vivía nadie, pues el cuarto estaba desalquilado desde hacía seis semanas.

Esta noticia me produjo una gran contrariedad. Porque necesitaba hablar de nuevo con los vecinos del principal derecha para preguntarles si ellos habían visto por casualidad, una bolsita con brillantes que yo guardaba en el bargueño de mi despacho y que había echado de menos al rato de marcharse de mi casa el matrimonio.

FIN


diumenge, 14 de desembre del 2014

Un marido sin vocación



Un marido sin vocación

Enrique Jardiel Poncela

Nota: Narración escrita por el autor sin utilizar la letra "e".


Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.

-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.

-¿Un matrimonio?

-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.

-¿Tuyo?

-Mío.

-¿Con una muchacha?

-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?

-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?

-Lo ignoro.

-¿Cómo?

-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla...

Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).

Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!... Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal...

Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:

-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!

Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí...

Al contrario: allí daba principio.

Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.

-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado...

Y corroboró rabioso:

-¡Soy un idiota!

Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.

-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!... No hay ya salvación para mí..., ¡no la hay!

Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.

-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).

Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:

-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada...

Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.

-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.

-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.

-¿Cuál?

-La sustitución más original vista hasta ahora... Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto... ¡Viva la originalidad!

Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:

-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta... ¡Cuidado! ¡Así!... ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.

-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón.

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)

Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.

-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora... ¡Hasta la vista!

Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.

***

Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.

Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.

Silvia sufría cada día más.

-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.

***

Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.

Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.

***

Por fin lo trasladaron al manicomio.

Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia...

FIN

Ventanilla de cuentos corrientes, Madrid, 1930






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diumenge, 7 de desembre del 2014

El amor tomado del natural



El amor tomado del natural
Enrique Jardiel Poncela

LA DAMA
La mesa de al lado estaba vacía. Pero estuvo vacía poco tiempo.

Porque una mujer joven y elegante entró en el café, miró a su alrededor, dio unos pasos, vaciló, se detuvo, dudó y, por fin, vino a sentarse a la mesa de al lado.

La dama se ceñía con un abrigo negro, y llevaba debajo del abrigo dieciocho gramos de vestido verde.

El verde del vestido era «verde jade».

El negro del abrigo era «negro Flemming».

Despedía una intensa atmósfera de perfume de Laissemoi-mon-vieux; parecía muy orgullosa del rubio frenético de sus cabellos, y tenía -resueltamente- el aire de una persona que no pierde el aplomo jamás.

Me miró al pasar. Me miró como hubiese mirado a un paraguas que alguien se hubiera dejado olvidado en el asiento. Miró también las cuartillas que, a medio escribir, yacían desparramadas por la mesa, y en sus ojos claros hubo un cabrilleo fugaz en el que descubrí sus ideas. La dama estaba pensando indudablemente:

«¿Quién será este idiota y qué majaderías estará escribiendo?».

Porque la misma mujer desconocida que, al leer vuestras cosas, va a quedar de pronto ensimismada y tratando de imaginarse vuestra vida, si os ve escribiendo esas mismas cosas pensará de vosotros que sois unos imbéciles.

El café entero, por su parte, la miró a ella, y todos los ojos se dilataron por el asombro y el deseo. En cuanto a mí, me limité a echarle una sola y levísima ojeada, y para mis adentros le dediqué este parrafito:

«Finge, engaña a los demás, adopta actitudes desdeñosas e interesantes de falsa emperatriz en el destierro. Te aseguro que trabajas en balde. Sé que por dentro has de ser igual de tonta, igual de vanidosa e igual de aburrida que otra mujer vulgar cualquiera. Por mi parte, puedes seguir fingiendo…».

Y yo me quedé tan ancho, y volví a ocuparme de mis cuartillas.

El CABALLERO
Al poco rato entró en el café el caballero con quien estaba citada la dama. Era un individuo corriente: ni tan viejo que hiciera pensar en el hombre de Cro-Magnon, ni tan joven que mereciese que se le regalara un triciclo; elegante también. Y provisto de un bigote que se atusaba de vez en cuando, para convencer a la gente de que era suyo.

EL DIÁLOGO DE AMBOS
El caballero se sentó junto a la dama. Sonrisas tiernas. Un largo apretón de manos.

Y comenzaron a hablar en un tono tenue, pero no tan tenue que no llegase a mis oídos, impidiéndome seguir trabajando y obligándome a atender a su diálogo.

Oíd la clase de cosas que se decían:

ÉL. - ¿Qué hiciste anoche?

ELLA. - Me acosté temprano.

ÉL. - ¿Pensaste en mí?

ELLA. - Hasta dormirme.

ÉL. - ¡Amor mío…!

ELLA. - ¿Y tú? ¿Qué hiciste anoche tú?

ÉL. - Me acosté en seguida de comer.

ELLA.- ¡Embustero!

ÉL.- Te lo juro.

ELLA.- ¿Sí ¿Y pensaste en mí?

ÉL.- Me dormí con tu retrato bajo la almohada.

ELLA.- ¡Nene…!

En este instante yo bostecé por primera vez.

ÉL.- Sé que anteanoche fuiste al cine…

ELLA.- Sí. Con mi hermano.

ÉL.- ¿De veras que fuiste con tu hermano?

ELLA.- ¡Qué celoso eres! ¿Con quién iba a ir? Tú sabes que, si no es contigo, no soy feliz con nadie.

ÉL.- ¡Chiquilla...!

Segundo bostezo mío y primera náusea contenida.

ÉL.- ¡Qué bonita vienes!

ELLA.- ¿Te gusto hoy más que ayer?

ÉL.- Infinitamente más.

ELLA.- ¿Qué te parece este sombrero?

ÉL.- Estupendo.

ELLA.- ¿Y el vestido?

ÉL.- Maravilloso. Y además pienso que...

Unas frases del caballero al oído de la dama.

ELLA.- Poniéndose encarnada con una facilidad escamante. ¡Calla, tonto! Si alguien te oyera...

Me revolví nervioso en mi asiento.

ELLA.- ¿Y los zapatos? ¿Te gustan?

ÉL.- Son divinos.

ELLA.- ¿Y el abrigo?

ÉL.- Precioso.

ELLA.- ¿Este broche?

ÉL.- Es una filigrana.

ELLA.- ¿Y las medias?

ÉL.- Encantadoras.

Suspiré profundamente y comencé a hacer esfuerzos para no oír tanta simpleza. Pero nuevas simplezas siguieron martillando mi cerebro.

ÉL.- ¿Me quieres todavía un poquito?

ELLA.- Te adoro.

ÉL.- Pero no tanto como yo a ti…

ELLA.- ¡Más!

ÉL.- ¿Más? Más es imposible.

ELLA.- ¡Adulador!

Me puse, nerviosísimo, a tararear un cuplé.

ELLA.- ¡A cuantas les habrás dicho lo mismo!

ÉL.- Sólo a ti.

ELLA.- No me gusta que mientas.

ÉL.- Arrellanándose en el diván. Dime, mi cielo, ¿me querrás siempre como ahora?

ELLA.- Siempre.

ÉL.- ¿Eternamente?

ELLA.- Eternamente.

Segunda y tercera náuseas por mi parte.

ÉL.- Si yo muriese algún día, amor mío, ¿volverías a amar?

ELLA - Nunca.

ÉL.- Nunca, ¿verdad?

ELLA.- Jamás.

ÉL.- ¿Qué harías?

ELLA.- Iría a diario al cementerio, a llevarte flores y a llorar...

ÉL.- ¡Mi tesoro! Besándola en las manos. ¡Mi gloria! ¡Mi reina!

Fue entonces cuando me levanté y llamé al camarero, que era un joven de veintitantos años.

Acudió el mozo; le puse una mano en el hombro, y con la otra mano señalé a la pareja. Y hablé así:

-Querido camarero y amigo: ahí tienes el amor... Míralo bien; grábalo a fuego en tu memoria: no se te olvide nunca... Ese espectáculo estúpido es lo que vienen cantando desde hace siglos los poetas.

ÉL y ELLA alzaron los rostros y me miraron sorprendidos. Yo continué como si tal cosa:

-Eso que tienes delante de las narices, querido camarero, es el amor, y, en la opinión de mucha gente, la única razón de la existencia. Obsérvalo, estúdialo a fondo. Amor es decirse mentiras y bobadas apretándose las manos por debajo de una mesa... Amor es preguntar a qué hora se ha acostado uno... Amor es jurar que, fuera de la persona amada, lo demás no existe... Amor es llamarse celoso mutuamente... Amor es elogiar los vestidos y los sombreros de la elegida... Amor es discutir, en un diálogo irresistible, quién quiere más al otro... Amor es afirmar que se tiene la eternidad en la mano... Amor es decir que se va a ir al cementerio a diario a llevar flores... ¡¡Amor es creerse todo eso!!

Levanté los brazos al techo en una actitud de héroe griego, y grité:

-¡Y pendiente de semejante pamema vive la Humanidad desde que el planeta comenzó a voltear por los espacios! ¿No es para reaccionar violentamente? ¡¡Sí!! ¡Sí lo es! ¡¡Mira!!

Y cogiendo en alto una silla, la dejé caer sobre la cabeza de la dama y luego sobre el cráneo del caballero.

Y sólo cuando los vi desvanecidos y tirados del revés en el diván abandoné el café satisfecho de mí mismo y con aire de filósofo en la escuela contundente.

FIN

diumenge, 30 de novembre del 2014

El chófer nuevo


El chófer nuevo, narración escrita sin la letra A


Enrique Jerdiel Poncele




Me lo cedió mi tío Heliodoro y me lo recomendó de un modo muy expresivo, diciéndome:

-¡Es un chófer único en el globo, créeme! Si dispone de un buen coche, este hombre consigue prodigios enormes, que en un circo le hubiesen hecho rico como un “pudding”… Obedéceme y sírvete de él; tú tienes un coche estupendo y te mueres de tedio, ¿no es cierto? Pues te juro, querido sobrino, que cediéndote un chófer como Melecio te pongo en condiciones de ser testigo, e incluso intérprete, de diversiones inconcebibles, sin precedentes, desde luego, en el mundo de lo locomotivo. Porque como este chófer no existen dos…

Melecio Volodio, el chófer propuesto, que presenció el momento descrito, sonrió entonces con gesto misterioso. En el fondo, y según sospeché, nuestro hombre encontró insuficiente el discurso de mi tío Heliodoro. Por lo que yo me dije en mi interior: O este individuo es, en efecto, un genio conduciendo, o es soberbio como un rey del Tíbet y como un florero de Sèvres.

Pero confieso que en lo de soberbio me equivoqué. Melecio descubrió pronto su condición de espíritu sencillo.

No bien concluyó mi tío su elogio, el chófer sonrió de nuevo; después rozó levemente el borde izquierdo de su sombrero frégoli color crepúsculo griego, se inclinó con un gentil movimiento y murmuró:

-Tómeme el señor, que conozco mi oficio…

Y sin otros incidentes que mereciesen ser escritos, Melecio Volodio quedó elegido chófer de mi “seis cilindros” con cien duros de sueldo

* * *

Doce excursiones, que tuvieron un epílogo tristemente quirúrgico, me convencieron en un solo mes de como Melecio no existió en el universo del chófer ninguno.

Prescindo, diciendo esto, de su dominio peregrino del motor: Volodio no sólo conservó de continuo en los extremos de sus dedos los secretos dificultosos de mi “Mercedes”, sino que en el tiempo que vivió conmigo domesticó el motor de un modo mirífico, y el coche corrió, y frenó, y se detuvo, y retrocedió obedeciendo como un perrito lulú los gritos viriles de su chófer.

Cientos de conocidos míos vinieron, incluso desde Londres y desde Berlín, con el deseo de ver por sus propios ojos el curioso fenómeno. Y se volvieron envueltos en estupor y bizcos del derecho.

Pero este mérito de mi chófer, con ser enorme, resultó pequeño y ridículo en frente de otros méritos inconcebibles de Melecio Volodio.

Uno, sobre todos, me preocupó en extremo, y se convirtió de súbito en obsesión terrible de mis nervios, en un “leit motiv” de desequilibrio que no sé cómo no me perturbó de un modo definitivo el cerebro.

El mérito en cuestión, y que referiré lo mejor que me dejen mis insuficientes dotes de escritor, estribó, señores, en el frío desdén con que Melecio Volodio miró siempre el peligro.

¿Fue el desprecio de los bienes terrenos? ¿Fue un deseo de morir, fruto de desilusiones y de dolores ocultos? ¿Fue, simplemente heroísmo? ¿O fue el gusto por servirme y el prurito de divertir, con emociones fuertes, mi vivir tedioso?

Lo ignoro, no lo sé… Pero es lo cierto que siempre que el chófer nuevo puso en movimiento el motor de mi coche ejecutó sorprendentes ejercicios llenos de riesgo que pusieron enhiesto el vello de mi piel.

Veces y veces, con empedernimiento curioso, Melecio Volodio sembró el terror en todos los sitios por donde metió el coche; destrozó los vidrios de infinitos comercios, derribó postes telefónicos y luminosos, hizo cisco trescientos coches de servicio público, pulverizó los esqueletos de miles de individuos, suprimiéndolos del entretenido mundo de los vivos, en oposición con sus evidentes deseos de seguir existiendo; quitó de en medio todo lo que se le puso en frente del motor, hendió, rompió, deshizo, destruyó, encogió mi espíritu, superexcitó mis nervios; pero me divirtió de un modo indecible, porque Melecio Volodio no fue un chófer, no; fue un “simoun” rugiente.

¿Por qué motivo surgió este furor, este estropicio continuo? ¿Por qué, si Volodio dominó el coche como lo dominó ningún chófer de los que tuve después?

Hice lo posible por conocer el fondo del misterio, y lo logré por fin.

-¡Melecio!-le dije, volviendo de un terrible circuito que produjo horrendos efectos destructores-. Es preciso que expliques lo que te ocurre. Muchos infelices muertos por nuestro coche piden un desquite… ¡Que yo mire en lo profundo de tu pecho, Melecio Volodio!…Di…¿por qué persistes en ese feroz proceder, en ese cruel ejercicio?

Melecio inspeccionó el horizonte, medio sumido en el crepúsculo, y moderó el correr del coche, poniéndolo en los veinticinco kilómetros, o puede que en los veinte.

Luego hizo un gesto triste.

-No soy cruel ni feroz, señor –susurró dulcemente- Destrozo y destruyo y rompo y siembro el terror… de un modo instintivo.
-¿De un modo instintivo? ¡Eres entonces un enfermo, Melecio!

Negó, moviendo el rostro.

-No, pero me ocurre, señor, que he sido muchísimo tiempo chófer de bomberos. Un chófer de bomberos es siempre el dueño del sitio por donde se mete. Todo el mundo le permite correr; no se le detiene; el sonido estridente e inconfundible del coche de bomberos, de esos héroes con cinturón, es suficiente, y el chófer de bomberos corre, corre… ¡Qué vértigo divino!

Concluyó diciendo:

-Mi defecto es que me creo que siempre voy conduciendo el coche de los bomberos, y como hoy no soy, señor, el dueño del sitio por donde me meto, pues ¡pulverizo todo lo que pesco!

Melecio prorrumpió en sollozos. Yo le procuré un consuelo por medio de dos “vermouths” de veinticinco céntimos.

Pero en el momento en que –despedido por mi- Melecio Volodio me entregó el uniforme de chófer tuve un disgusto de los de no te menees, como dicen en Chile.



[Publicado en La Voz el 21 de abril de 1928]